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LA ESPECIALIDAD DE ENFERMERÍA DE SALUD FAMILIAR Y
COMUNITARIA IMPORTANCIA PARA EL SISTEMA NACIONAL DE SALUD Rafael Lleguet Viernes 7 de junio Palma
de Mallorca
El Sistema Nacional de Salud, ya desde la promulgación de la Ley
General de Sanidad en 1986, realizó una apuesta muy concreta, basando
sus reformas alrededor de la Atención Primaria de Salud.
No se trataba tan solo de un mero
marco organizativo dentro del propio Sistema sino, sobre todo, de una
filosofía asistencial centrada en la cercanía a los ciudadanos, la
prevención y la educación sanitaria frente al modelo curativo,
marcadamente biomédico, imperante hasta ese momento. Un enfoque de
estas características sorprendió, en primer lugar a los propios
profesionales de la salud acostumbrados como estábamos por aquel
entonces a una praxis hospitalocentrista y supuso un reto para todos.
Muy especialmente para los profesionales de Enfermería. Empezaba a
calar en la sociedad y en las propias administraciones sanitarias
aquello del cuidar versus curar que ya se presentaba como señal
identificativa de una actividad que dejaba de ser “profesión al
servicio de otra” para constituirse en “profesión al servicio de la
sociedad”.
El objetivo de la administración
sanitaria no era solo acercar la provisión de servicios a las personas,
la familia y la comunidad sino, a su vez, ir creando una cultura capaz
de racionalizar el consumo de ese nivel –que llamamos no sé si con
mucho acierto “especializado”, descargar los servicios de urgencias,
informar en materia de salud y fomentar el autocuidado mediante la
inserción social de los agentes de salud. Objetivos, pues,
extraordinariamente relevantes.
La Enfermería, procedente de
modo mayoritario de la Atención Especializada, se trasladó al nivel
Primario para comenzar a ejercer esas nuevas funciones en el marco de lo
que había de ser un trabajo en equipo inicialmente muy motivador.
No pudo ser casual que, ya en
1987, un Real Decreto brindara la posibilidad de especializarse en Salud
Comunitaria. Indudablemente, aquella primera voluntad obedecía a la
necesidad de proporcionar una formación específica de la que adolecíamos
sencillamente porque estabamos preparados para otro modelo previo.
Como siempre, el instinto
autodidacta de los enfermeros nos puso en el camino para intentar
responder a las nuevas demandas y algunos consiguieron estar a la altura
de las circunstancias. Indudablemente, no todos.
Nos encontramos con incapacidades
manifiestas para afrontar los nuevos retos de la atención primaria de
salud. Nos encontramos con confesadas decepciones de quien pensaba que,
por fin, podría descansar después de largos años corriendo por los
pasillos de las unidades de hospitalización hospitalaria. Nos
encontramos –y forma parte de nuestra historia- con el peso de algunos
hábitos arraigados que habían convertido al profesional de enfermería
en expendedores de recetas o administradores de inyectables.
La neurosis entre lo deseable y
la realidad cotidiana se hizo visible a corto plazo. Enseguida vimos que
aquellas reformas no se acompañaban de los recursos e instrumentos
necesarios para poderlos llevar a cabo con eficacia. Una prueba de ello
es que han tenido que transcurrir quince años para que volvamos a
hablar de la necesidad de especialización en este ámbito. Si, durante ese
tiempo, la especialidad de Enfermería Comunitaria (que ahora
reformulamos como de Enfermería familiar y Comunitaria) ha carecido de
importancia, tendríamos que inferir que también carecía de ella la
misma atención primaria de salud y –aún hoy- o mucho me equivoco o
hemos de reconocer que la práctica hospitalaria sigue siendo el centro
de atención, no solo de las distintas administraciones sino, incluso,
de los propios profesionales de la salud. Probablemente por los elevados
costes que conlleva, por ser el baluarte de las nuevas y sofisticadas
tecnologías, por razones de un mal entendido “prestigio
profesional”, etc.
Un enorme error. Por eso hemos de
volver a plantearnos seriamente cuales son las prioridades a comienzos
de este siglo XXI en materia de salud. De ahí que, cuando vemos la inminencia de una especialidad como ésta comprendemos
que su desarrollo no responde a un mero interés corporativo sino a
exigencias profundas de una sociedad a la que –tanto políticos como
enfermeros- decimos servir.
La Organización Mundial de la
Salud ha puesto de relieve cómo la misión de la Enfermería en la
sociedad es ayudar a los individuos, familias y grupos a determinar y
conseguir su potencial físico, mental y social y a realizarlo dentro
del contexto en que viven y trabajan.
El envejecimiento de la población,
el incremento de enfermedades crónicas y los cambios en la morbi-mortalidad
apuntan hacia el profesional de enfermería comunitaria como el
referente principal de las familias. Es cada vez más evidente que los
propios familiares necesitan apoyo para desempeñar su papel de
cuidadores con lo que ello implica de soporte emocional y asesoramiento.
La misma progresiva incorporación
de la mujer al mercado laboral hace que muchos de los cuidados que,
tradicionalmente, han sido prestados por ella deban ser asumidos por el
sistema de salud. La tendencia hospitalaria, por otro lado, se perfila
progresivamente con un mínimo de estancias y el peso de los cuidados se
traslada al domicilio.
La tan aireada “promoción de la salud”, continua siendo un tema pendiente
de desarrollo integral dentro de la oferta de servicios brindados por el
Sistema sanitario. En definitiva, un Sistema Nacional de Salud que se
plantee seriamente mejorar y fomentar la salud de los ciudadanos no
puede centrar su atención –ni siquiera preferentemente- en construir
hospitales y potenciar, aunque sea de forma subconsciente, una sanidad
exclusivamente curativa.
Es imprescindible favorecer cada
vez más ese primer nivel de asistencia, entre otros extremos, activando
y asegurando la formación de sus profesionales por la vía de la
especialización.
Y en ese momento nos encontramos
hoy. La descentralización recientemente culminada al concluir el
proceso transferencial de competencias sanitarias, hace posible retomar
estos cambios de orientación aunque, a primera vista, pueda aparecernos
como más complejo el llevarlos a cabo en la práctica.
No debemos olvidar que será el
gobierno de España quien establezca los títulos de enfermero
especialista pero, a renglón seguido, habrán de ser nuestras
Comunidades Autónomas quienes acepten o no el reto y el compromiso de
abrir unidades docentes para su formación e incorporación, en tales términos,
al mercado de trabajo. De nada serviría crear especialistas si el
propio sistema no prevé, como vinculante, su contratación en calidad
de tales. Sería una burla además de un evidente signo de ineficiencia.
Por eso, también este
“novedoso” aunque antiguo proceso de especialización enfermera,
constituye una llamada a la coordinación de nuestro actual Sistema
Nacional de Salud y estoy convencido de que, desde las distintas
Consejerías, se estimará en lo que vale esta peculiar competencia del
enfermero especialista a la hora de catalogar los puestos de trabajo.
Seguramente se requerirá una
mayor inversión, una ampliación de recursos que, enseguida, volverán
al sistema en términos de mejores indicadores, de mayor satisfacción
de los usuarios y, en definitiva, de más bienestar.
Nada resulta tan caro –aunque
hasta ahora pareciera lo contrario- que enfrentar a un alumno, recién
finalizada su carrera, a una unidad de vigilancia intensiva, a una
unidad de diálisis o a una consulta de enfermería. Se trataba tan solo
de las falsas apariencias de una polivalencia que aun simplificando la
gestión en el día a día, se tornaba ineficaz e ineficiente para un
Sistema Nacional de Salud que se encuentra en el séptimo lugar del
mundo en cuanto a su calidad.
Ahora se da un paso hacia delante
y repito que no para contentar a un sector determinado sino para ser
coherentes con la demanda social que exige cada vez mayor cualificación
y las máximas garantías.
Este Sistema Nacional de Salud
del que nos sentimos orgullosos no puede seguir obviando que la mayoría
de los que están aquí hoy sois ya –de hecho aunque no de derecho-
especialistas en Salud Familiar y Comunitaria.
Pero, miremos también hacia el
interior de nuestra profesión. Es necesario poner resultados sobre la
mesa. Hemos sido capaces, en este tiempo, de describir lo que hacemos y
las metodologías que empleamos en nuestro trabajo. Gran parte de ello
está publicado y al alcance de cualquiera. Ahora bien, cuál es su
repercusión sobre los ciudadanos, en términos de indicadores de salud,
para qué sirve lo que hacemos y en qué mejora concretamente el estado
de salud de aquellos es algo que, desde mi punto de vista y tal vez
ignorancia, constituye un quehacer aún pendiente. Y lo que no está
escrito no existe. Seguramente sea también la especialización quien
aporte instrumentos para que el Sistema disponga de esta información,
de forma rigurosa y científica.
La acción comunitaria constituye
una necesidad que sobrepasa hoy nuestras fronteras y es destacada, por
ejemplo, en el Tratado de Mastricht en el que se define, como una de sus
estrategias, la necesidad de preparar personal especializado y
especialmente el de enfermería para liderar esta acción. La Organización
Mundial de la Salud, por su parte, incide en el documento Salud 21
(1998), donde se revisan las metas de Salud para todos, en la urgente
necesidad de preparar una enfermera de familia que trabaje en equipo con
el médico de familia, y aúnen sus competencias para obtener mejores
resultados en la salud de la población.
Nuestro Sistema Sanitario precisa
definir, de esta forma, el papel que debe jugar la enfermera en Atención
Primaria sin definiciones genéricas como las efectuadas hasta la fecha.
No debe importarle tanto la salud como “el cuidado de la salud” y
eso, solo es posible, otorgando mayores responsabilidades a enfermería.
Si, como solemos decir, pretendemos añadir vida a los años y es éste
un reto asumido por todos, no cabe duda que la contribución a ese propósito
de la enfermería especializada en Salud Familiar y Comunitaria es una
necesidad –que no una moda- a la que, hasta donde se, la Administración
está prestando atención preferente en estos momentos.
También la experiencia
internacional, en este sentido, pone de relieve que los ejes estratégicos
que aportan un mejor resultado son, precisamente, hacer de la Atención
Primaria de Salud el Centro mismo del Sistema y desarrollar los
denominados sistemas integrados de salud. Sin demagogias ni
grandes declaraciones de principio hemos de admitir que nuestro Sistema
necesita, y los ciudadanos lo exigen, la presencia de profesionales de la Salud cada vez más
competentes, más cualificados. En una palabra, verdaderos especialistas
en su ámbito de ejercicio. Sin ellos, podremos decir muchas cosas pero
el Sistema seguirá adoleciendo de voluntarismo, insuficiencia científica
y, con ello, ineficacia.
Después de quince años de parálisis
administrativa en esta materia, la Administración ha comprendido esta
carencia y, con ello, serán los ciudadanos quienes comprendan mejor que
nunca que aquellos que tienen responsabilidades en política sanitaria
se esfuerzan, también en este momento, por ser coherentes con sus
necesidades a la hora de crear, espero que definitivamente, Enfermeros
Especialistas en Salud Familiar y Comunitaria.
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